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CARDO BORRIQUERO

Los caminos certeros son mentira. De la ruta a la rutina no hay más que dos pasos y dos letras.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Esclavitud 5.0 (o resaca post Black Friday)



Solemos tener asociada la idea de esclavitud a grilletes de tobillos ensangrentados, látigo desollando espaldas, galeras de remeros en hileras interminables o húmedas mazmorras atestadas de ratas. Estas imágenes extraídas de los libros o el cine contrastan con la realidad que la esclavitud está tomando en los tiempos actuales. Si bien el amo de la antigüedad se arrogaba el derecho a disponer a su voluntad de sus posesiones humanas, pudiendo traficar con ellas como un producto desprovisto de subjetividad, el amo actual ha llevado a tal refinamiento su potencial, ha pulido en tal grado su capacidad de ejercer el poder que el esclavizado —en un malabar sin precedentes— puede llegar a ni siquiera anoticiarse de la pérdida de libertad que en su ser está teniendo lugar. A tales extremos alcanza la manipulación.
Hoy en día los mecanismos para someter a enormes cantidades de sujetos no hacen un uso ostensible de la fuerza bruta, los deseos no son coartados mediante la imposición directa. La sugerencia persuasiva reiterada producida por la publicidad exhaustiva incide en los sujetos de la modernidad generando un desasosiego que les arrastra por millares hacia lugares donde poder apaciguar someramente sus ansias identitarias y pulsionales. Para permanecer dentro de los estándares sociales se hace ahora imprescindible aprovechar las oportunidades que el amo social brinda cada cierto tiempo al populacho en forma de ofertas y rebajas, con la consabida peregrinación a los centros comerciales, sustitución de otros rituales que van cayendo en desuso, pero que también proveían al individuo de coordenadas concretas en las que ubicarse.
La devastación del tejido ético, el aniquilamiento del sistema educativo (que ataca con ferocidad de perro de presa a la literatura y a la filosofía, no digamos a otras disciplinas como el psicoanálisis, la música o el deporte), la incitación al consumo y el fomento de la superficialidad, conforman un sistema diseñado con la intención de desposeer al sujeto de cimientos sobre los que edificarse. No habiendo sujeto construido, difícilmente podrá rebelarse contra la obligatoriedad de tener que contribuir. El contribuyente puede poner impedimentos para pagar los impuestos, sin embargo, otras imposiciones más sutiles no despiertan en el pagador tanta resistencia.
La incitación a las compras bajo el lema de oferta-rebaja es una maniobra mucho más sagaz de lo que de un simple golpe de vista pudiera parecer. Aprovecharse de un descuento toca un aspecto esencial del ser humano: la ganancia. Poco importa que el producto adquirido no estuviera entre los bienes deseados, lo crucial del asunto es la sensación de haber extraído al amo del poder, al fabricante las posesiones tangibles, un pedazo de su magnanimidad, un jirón de su soberanía. Inducidos por este reclamo con tintes de donación puntual como gesto de esplendidez, no dudamos en dejarnos arrastrar a estos oasis de goce donde apacentar nuestras ansias de bienestar. Lejos de lograr sustraer el más leve pedazo de majestuosidad al poseedor de los materiales, acumulamos cosas que luego desbordarán nuestros trasteros, no quedando más remedio que tener que alquilar uno supletorio que habremos de pagar a plazos.
Si buscamos en el diccionario la definición de esclavo (que si en su primera acepción se refiere a la persona que carece de libertad, en la segunda habla del sometido a un deber, pasión o afecto), habremos de preguntarnos hacia dónde nos estamos dirigiendo con esta disquisición sobre la esclavitud. Contemplada la libertad como el reconocimiento de nuestros deseos más íntimos, así como la valoración que a dichos deseos otorgamos, poniendo ímpetu para su consecución, para hacer del libre un esclavo solo habremos de socavar la esencia de dichos deseos, además de su voluntad para realizarlos. Si donde pudiera haber deseo, se nos ceba con un objeto con apariencia de poder; si donde pudiera haber ímpetu, se nos apacenta con sedentarismo, entonces quedarán todas las hectáreas sembradas de conformidad. Luego a cosechar. Y entonces asumiremos, tan rápido como un parpadeo, como nuestra la culpa de las restricciones municipales impuestas debido a la contaminación (aunque se nos haya influido a tener que comprar un coche y desde los organismos pertinentes se resistan a abaratar el precio del transporte público) o del paro (porque no hemos entendido que en la actualidad hay que reciclarse y aceptar cierta movilidad —incluso transnacional—en el ancho campo laboral).

Una vez que se ha instigado al individuo a dimitir de su capacidad de elegir y de pensar, de llevar la contraria, de desear aquello que está en conexión con su subjetividad (y no lo que se nos impone como objeto a devorar, señuelo de deseo) queda allanado el camino para que sean otros los que se eleven desde sus púlpitos y sus pedestales y nos digan quiénes somos y lo que queremos. De esta férrea composición son los grilletes del siglo XXI en la era postindustrializada: con cerradura a prueba de ganzúas.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El peaje de la subjetividad







            Desgranemos en primer plano aspectos lingüísticos de la cuestión en la que, con permiso del lector, nos intentaremos adentrar. Si acudimos al diccionario encontramos que se denomina peaje al pago efectuado para obtener derecho para circular por un camino. En la antigüedad se denominaba portazgo a la suma que debía pagarse para cruzar cierto límite (puerta) entre dos zonas. Históricamente el peaje se remontó hasta las civilizaciones egipcia y persa, no siendo tampoco desconocido en tiempos del esplendor romano, si bien ha sufrido a lo largo de la historia una notable evolución. En la Edad Media, el peaje designaba el tributo exigido por el soberano para que personas o mercancías pudiesen transitar por determinados puntos de las vías de comunicación. En la actualidad, se asocia a un emolumento que hay que abonar cuando se pretende usar una cierta infraestructura con un medio de transporte. En la mayoría de los casos la vía o ruta marítima sujeta a peaje permite a los usuarios ahorrar tiempo de viaje y reducir sus costos de operación, con respecto al tránsito por rutas alternas libres de peaje. Etimológicamente,  la palabra peaje proviene del latín, pedaticum, derecho de poner pie, en francés peage, peatge en catalán. A nuestra mente acuden velozmente peatón, peana, pedantería, múltiples derivaciones de la palabra pie; también peón, peonza. Incluso otorgándome el beneplácito de la asociación libre, podríamos encontrar concomitancias con el pago que el niño ha de realizar por la osadía de ponerse en pie y soltar la mano que le guía: el dolor de los calcetines y sus costuras que siempre apuntan a donde más molesta, la estrechez de algunos calzados escolares, las caídas provocadas por la insistencia de la gravedad, las torceduras por lo bacheado del practicable. Desembolsos efectuados a cambio de desenvoltura y los beneficios posteriores de andar erguidos.
            En resumen, una pérdida en términos económicos (siempre y cuando entendamos la economía en su cuantía monetaria) que repercute en una ganancia en términos de tiempo (siempre y cuando entendamos el tiempo en cuanto a medición horaria). Bien es cierto que, como nos ha enseñado el psicoanálisis, no hay mayor pérdida de tiempo que la repetición sintomática al infinito. Ahorrar tiempo —y pagar por ello— para ir a un lugar al que por voluntad propia no hemos elegido ir ¿podría ser catalogado como ganancia? En el tiempo del corta y pega, del dar al me gusta, del comparto, llevar a cabo este tipo de reflexiones también pudiera ser considerado por algunos una pérdida de tiempo, así que prosigamos con premura.
            La argucia semántica para perpetuar la cuestión que nos atañe, el peaje, suele estar fundamentada en que el dinero recaudado se destina normalmente a financiar la construcción y mantenimiento de infraestructuras viarias (carreteras, túneles, canales de navegación o puentes). De este modo la pérdida sería asumida de buen grado por el contribuyente, pues repercutirá a su favor en un lapso de tiempo más o menos breve: en cuanto sea recuperada la nimia inversión inicial, podremos seguir pagando las facilidades brindadas por los poseedores del paso de carruajes; por otro lado expertos en barreras.
            El tránsito en que todos estamos inmersos implica un dispendio, por lo tanto. Hemos de perder para poder andar, por elevarnos de la posición horizontal y abandonar el gateo, y así soltarnos de nuestros mayores. Caería dentro de lo ilógico plantear la posibilidad de llevar a cabo movimiento alguno sin que viniera acompañado de una pérdida de energía.
            Ahora bien, los constructores diseñan las vías sobre la premisa de que ha de ser por ahí por donde los transeúntes deseen pasar, y persistan en esta voluntad durante años, único modo de rentabilizar las inversiones. Se ven por lo tanto en la tesitura de influir en ellos para causar la necesidad, alimentarla, promoverla y excitarla, exaltando las virtudes del paradero, de la vía, del viaje. Inflamando nuestro campo de visión desde las vallas publicitarias, invadiendo nuestro imaginario con mensajes reflectantes que resaltan la bondad del tránsito promovido, se puede llegar a influir hasta tal punto en el viajero que este, amputado de su albedrío, arrojado a un sonambulismo al que finalmente consiente, goza del arrastre, llegando incluso a agradecer de buen grado la obligación de contribuir.
            Creer con fe ciega en el constructor fuerza a desechar nuestras más íntimas necesidades, nuestros anhelos más personales. En aras a un ahorro de tiempo o a un beneficio común, nos vemos incitados a una desubjetivación, a un desprendimiento de aquello que nos define como sujetos: nuestro deseo (no el surgido por la agitación proveniente de las efervescentes proclamas del otro). Y este es el peaje mayor que hemos de pagar, el no habernos atrevido a pronunciar las palabras que concreten las coordenadas de nuestro rumbo a seguir. No nos quejemos entonces por lo atestado del punto de llegada. Ni de los atascos en el camino. Por supuesto, allí —el lugar de las virtudes, el oasis, el súmmum de lo paradisíaco—, tendremos que pagar por aparcar. Aunque mal de muchos…


miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿Por qué cura la palabra?




¿Por qué cura la palabra?

         En numerosas ocasiones he escuchado decir a mis pacientes, sobre todo en el transcurso de las primeras sesiones, que no entendían el motivo de tener que hablar sobre lo que les pasa, puesto que nada puede aportar reincidir sobre sucesos acaecidos ya que el hecho de relatarlos no va a servir en absoluto para modificar lo que pasó. De hecho, miradas las cosas desde esta perspectiva, incluso se estaría ahondando en el malestar al meter el dedo en la llaga abierta de los recuerdos dolorosos. Esta más que justificada queja, que puede salpicar de dudas los cruciales momentos iniciales en los que se empieza a asentar la relación, me posibilita abordar de manera aclaratoria y concisa algunos aspectos referidos a lo que el trabajo clínico comporta.

         La palabra es curativa por múltiples motivos, es por esto que Bertha Pappenheim más conocida por el sobrenombre de Anna O, paciente de Freud, llamara talking cure (charla que cura) al modo de trabajo que tenía lugar en sus encuentros vieneses.

         El lazo que se construye por intermediación de la palabra no solo establece conexión entre quien escucha y quien habla, analista y analizante, sino entre este último y sí mismo. Es el despliegue del discurso lo que permite el surgimiento de esa parte rechazada de nosotros con la que noche y día convivimos, en ocasiones con extrema dificultad. Cuando la escucha es enfocada hacia esa palabra portadora de la verdad alojada en lo inconsciente, que en su aparición revela algo de lo que nos define como sujetos, es posible hacer tambalear las estructuras donde se aloja el síntoma. Para que esto tenga lugar se hace imprescindible consentir que la palabra diga sin cohibiciones lo que tenga que decir, traiga lo que tenga que traer, para que pueda manifestarse en toda su extensión. Es función del profesional no hacer de su lugar un obstáculo a esta aparición, ya sea con sus prejuicios, ideas preestablecidas o su posición de saber. La escucha, que no tiene por qué ser silenciosa aunque sí permisiva respecto al discurrir del analizante, ha de hacer surgir lo que en su núcleo contiene.

         Uno de los efectos producidos por el trabajo clínico es el sentimiento de extrañeza que se produce en el analizante, cuando expresa: “No sé por qué te estoy contando esto”. A partir de este momento se genera un intenso trabajo de búsqueda y memorización como intento de recuperar el hilo extraviado, de retrotraerse a los emplazamientos seguros, a los cuarteles de invierno como solía decir una paciente. La represión habrá salido triunfal si tal hilo es recobrado. Desde mi punto de vista la frase arriba citada es la prueba irrefutable de que lo que se está poniendo de manifiesto en el preciso instante en que se pierde pie, va más allá del atrincheramiento consciente que nos protege y que al exterior queremos mostrar: nos hemos salido de los parámetros que nos aprisionan y que también nos constituyen; algo venido de otro lugar ha hecho aparición agrietando lo preconfigurado, cobrando protagonismo: se ha puesto en acto la otra escena. Es en ese punto de desasosiego, producido por el hecho de perder el hilo discursivo, cuando nos aproximamos a lo diferente. Que la palabra fluya con libertad, aunque sepamos que esta libertad está coartada y asediada por condicionantes estrictos, permitirá que se muestre a la intemperie el basamento que sostiene el sufrimiento de quien acude a consulta. Es por este motivo que me haya encontrado también en numerosas ocasiones con que el analizante pone en mi boca palabras que él mismo ha pronunciado: “Como tú dices…” Tiene razón en parte: si él no ha sido quien ha dicho eso que ha escuchado que se decía en el consultorio, habrá tenido que ser el otro. ¿A quién atribuir pues esas palabras? Efectivamente es otro quien dice, otro que pugna por ser escuchado pero que anida en nuestro interior. Es la transferencia el folio donde ha quedado inscrito ese decir, folio de doble cara.

         Retomando el párrafo inicial, y dando relevancia al enunciado de que de nada sirve decir si esto no va a cambiar las cosas, es clave aclarar que lo que pasó siempre viene encuadrado en un modo de ver el mundo, afectado por el brillo, color, suciedad, arañazos o malformaciones del cristal con que se mira. Es a esto a lo que solemos llamar la verdad, a lo que nuestro psiquismo denomina con contundencia “lo que pasó”. No podemos obviar sin embargo, que las verdades que sostuvimos con absoluta credibilidad y convicción —donde a veces quedamos convictos— en nuestra juventud o nuestra niñez, con el paso de los años han sufrido variaciones, transformaciones, e incluso derrumbe y desescombro. Entender que aquello que nos causa penar tiene que ver con un modo de ver las cosas es capital para aceptar que hay algo que se puede hacer con aquello que nos está dificultando la existencia. Labrar con el afilado canto de la pala de la palabra quizá abra camino hacia otros rumbos de carácter menos sintomático.

         La inocente risa desprendida de las bocas de niños y mayores al entender un chiste, quizá tenga que ver con la liberación que nos produce desprendernos de los significados petrificados a los que se adhieren las palabras. El desasimiento liberador que produce ver de otra manera la misma realidad genera un efecto agradable, jubiloso.

-Toc, toc.
Se abre la puerta.
-“¿Usted quién es?” 
-“Soy paraguayo. Y vengo para casarme con su hija”.
-“¿Para qué?”
-“Pa-ra-gua-yo”.

         Por fortuna, siempre nos quedará el humor y la poesía, cimientos en que se apoya la escucha psicoanalítica. Palabras que atenúan nuestro padecer.

domingo, 25 de junio de 2017

Debido a los acontecimientos sufridos por nuestra bibliocabina, publico aquí con su permiso las Últimas voluntades de una cabina telefónica.


En pleno uso de mis facultades mentales, habiendo tenido una existencia prolongada y fructífera, plena de experiencias únicas siempre al servicio del pueblo llano que apoyado en mis repisas dio rienda suelta a sus comunicaciones más íntimas, he de proclamar que
víctima del progreso tecnológico desmedido he ido lentamente siendo relegada al anonimato y abandono, sin más protección de las inclemencias de la meteorología que una mínima techumbre de aluminio y la esporádica caricia de los operarios de limpieza, quienes a espátula y estropajo me sacaban pegatinas y pintadas para regocijo de mi piel reseca.
Al borde del precipicio de la soledad, cuando todo había dado por perdido, un renacer inaudito se extendió por lo largo y ancho de mi ser: un grupo de jóvenes idealistas me tuvieron en consideración concediéndome el elevado privilegio de dar sustento en mi interior a los productos más dignos que el ser humano haya podido jamás confeccionar: libros.
Haber vuelto a sentir el roce de los dedos de los niños escarbando en mis entrañas en busca de unas palabras con que sostener su cotidianidad, poder nutrir sus ávidas ansias de conocimiento, ha sido para mi endeble figura y mi maltrecho porvenir, siempre a expensas de una innovadora aplicación informática que acabe por talar definitivamente mis pies envejecidos, un soplo de aire fresco.
No ha terminado la edad avanzada de aniquilar completamente mi entusiasmo y optimismo, de modo que cuando vi aproximarse aquellos uniformes -que más tarde supe venían a desmantelarme-, un latido recorrió cada uno de los cables que pueblan mis obturadas arterias de cobre y plástico. 'Otra iluminadora visita', pensé, 'será que se acercan a por algún ejemplar recién depositado en aras a ampliar sus habilidades y destrezas'.
No acertaba a explicarme el porqué de los destornilladores, palancas y ceños fruncidos. Según fueron descoyuntadas las piezas centrales de mi ser, senti un desgarro indescriptible. La única respuesta que logré configurar fue un sordo gemido inaudible. Mi rebeldía, resistir con todo mi óxido a que las tuercas fueran desenroscadas.
Pero ninguno de estos daños es comparable al que sentí al comprobar el trato vejatorio a los libros, que las horas compartidas habían convertido no ya en amigos íntimos sino en familiares consanguíneos acomodados en el sofá de mi regazo: estaban disfrutando de una segunda juventud hartos de estanterías polvorientas y cajones de escritorio. Fue este cruel exterminio lo que motivó, previendo mi cercano fallecimiento, que me dispusiera a dejar constancia por escrito del fatal suceso.
Antes de pasar definitivamente al olvido, de adentrarme en cualquier punto limpio, reino de lo inservible, he querido aferrarme a estas palabras y decir con todas las letras que un libro puede salvar una vida pues es un tronco al que agarrarnos cuando nos arrastra la riada.
No quisiera esta vieja cabina despedirse sin dar las gracias a los héroes de Playa Gata por haber insuflado en mis últimas horas la bocanada de esperanza, que debo confesar casi había perdido, para atreverme a soñar con un mundo mejor. Este es el legado que en herencia dejo a todo el que le quede un ápice de fuerzas para rescatar al ser humano del pozo de ignorancia y conformidad en que chapotea.
Con mi agradecimiento.
Una cabina pronta a despedirse pero que cayó con orgullo y grandeza. Quizá algún día un desconocido riegue con sus ojos estas frases y las hagan revivir: la lucha entonces habrá merecido la pena.